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San Juan Bautista, el más grande profeta; nació 6 meses antes que Jesucristo

 Por Ismael Rojas Cuéllar / Diariosinsecretos.com

 

 A través de los Evangelios y textos históricos – como el del hebreo Flavio Josefo-  explica la vida y muerte de San Juan Bautista; hace referencia que nació seis meses antes de Jesucristo, y la Iglesia Católica le festeja el 24 de junio.

Es al único santo que se le celebra su fiesta el día de su nacimiento y no cuando muere.

San Juan Bautista nació en el Reino Herodiano, de familia sacerdotal, pero no se convirtió en un sacerdote como se esperaba.

Los cuatro Evangelios dicen que San Juan vino como profeta para preparar y allanar el camino delante de Jesús.

San Juan Bautista fue el hijo de Zacarías, un sacerdote del Templo, en Jerusalén, y de Isabel, prima de María, que sería la Madre de Jesús.

En su juventud predicó por el desierto de Judea, cuando tenía aproximadamente treinta años emigró a la ribera del Jordán, donde comenzó a bautizar, y fue precisamente a las orillas de este rio donde tuvo su encuentro con Jesús de Nazaret.

Cuando Jesús asistió al rio para ser bautizado esto fue lo que dijo Juan: “Yo debo ser bautizado por ti y tu vienes a mí “.

 

¿Qué aprender de la vida de Juan el Bautista?

 

Aunque su nombre implica que bautizó personas, la vida de Juan en la tierra fue más que simplemente bautizar. La vida adulta de Juan se caracterizaba por la devoción y la entrega a Jesucristo y a Su reino. La voz de Juan era “la voz de uno que clamaba en el desierto” (Juan 1:23) mientras proclamaba la venida del Mesías a un pueblo que desesperadamente necesitaba un Salvador. Él fue el precursor del evangelista moderno, así como como él compartía las buenas nuevas de Jesucristo y no le daba vergüenza. Él era un hombre lleno de fe y un ejemplo a seguir para aquellos que deseamos compartir nuestra fe con otros.

Casi todos, creyentes y no creyentes por igual, han oído hablar de Juan el Bautista. Él es uno de los personajes más importantes y conocidos en la biblia. Mientras que Juan era conocido como “el Bautista”, de hecho, fue el primer profeta que Dios llamó desde el tiempo de Malaquías, unos 400 años antes.

La venida de Juan se anunció 700 años antes por otro profeta: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino al Señor; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria del Señor, y toda carne juntamente la verá; porque la boca del Señor ha hablado” (Isaías 40:3-5). Este pasaje ilustra el plan maestro de Dios en acción, por cuanto Dios escogió a Juan para ser Su especial embajador para anunciar Su venida.

La opinión general de Juan el Bautista era que él fue un profeta de Dios (Mateo 14:5), y muchas personas pudieron haber pensado que él era el mesías. Esta no era su intención, ya que él tenía una visión clara de cuál era su llamado. En Juan 3:28 Juan dice, “Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él”. Juan advirtió a sus discípulos que lo que habían visto y oído de él era sólo el comienzo del milagro que iba a venir en la forma de Jesucristo. Juan era simplemente un mensajero enviado por Dios para proclamar la verdad. Su mensaje era simple y directo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2). Él sabía que, una vez que Jesús apareciera en escena, la obra de Juan terminaría. Él voluntariamente cedió a Jesús el protagonismo, diciendo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).

No hay mejor ejemplo de humildad como el que se ve en Jesús y Juan en Mateo 3:13-15. Jesús vino de Galilea para ser bautizado por Juan en el río Jordán. Juan reconoció acertadamente que el Hijo de Dios sin pecado no necesitaba el bautismo de arrepentimiento y que él ciertamente no era digno de bautizar a su propio Salvador. Sin embargo, Jesús dio respuesta a la inquietud de Juan solicitando el bautismo “para cumplir toda justicia”, dando a entender que Él se estaba identificando con los pecadores por quienes finalmente Él iba a ser sacrificado, asegurando así toda justicia para ellos (2 Corintios 5:21). En humildad, Juan obedeció y aceptó bautizar a Jesús (Mateo 3:13-15). Cuando Jesús salió del agua, “los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (versículos 16-17).

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