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Pienso luego Existo

Certificado de idoneidad para ser mamá

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Pienso luego Existo

Certificado de idoneidad para ser mamá

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Adela Ramírez
Adela RamírezColumnista · 10 de May. 2026
Columna de Adela Ramírez

Pienso luego existo / Adela Ramírez   He pensado que ser mamá debería requerir un certificado de idoneidad. Uno serio, exhaustivo. Casi imposible de conseguir. Como esos procesos de adopción donde durante años revisan tu estabilidad emocional, tu paciencia, tus ingresos, tu capacidad de cuidar a otro ser humano y hasta si tienes contactos protegidos […]

Pienso luego existo / Adela Ramírez

 

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He pensado que ser mamá debería requerir un certificado de idoneidad. Uno serio, exhaustivo. Casi imposible de conseguir.

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Como esos procesos de adopción donde durante años revisan tu estabilidad emocional, tu paciencia, tus ingresos, tu capacidad de cuidar a otro ser humano y hasta si tienes contactos protegidos en la pared y tendría sentido.

Convertirse en tutora física, económica, emocional y mental de alguien que dependerá de ti durante décadas debería requerir algo más complejo que una prueba positiva de farmacia y una crianza que se va haciendo sobre la marcha.

La maternidad ha sido tan romantizada que, a veces no se describe con honestidad.

Decimos “dio a luz” como si fuera una escena suave, cinematográfica, iluminada por una ventana blanca y música de piano de fondo. Pero, pocas veces hablamos de lo que realmente ocurre dentro del cuerpo de una mujer.

Un embarazo no es solamente “tener una pancita”. Es crear un órgano completamente nuevo: la placenta, aumentar hasta en un 50% el volumen sanguíneo para mantener con vida a otro ser humano.

Es hacer que el corazón trabaje más rápido y con más fuerza durante meses.

Es desplazar órganos internos para abrir espacio. Los intestinos cambian de posición, el diafragma se eleva y hasta los riñones pueden moverse ligeramente por la presión del útero en crecimiento.

El embarazo provoca una reconfiguración anatómica asombrosa para acomodar al bebé, descrita a menudo como un «Tetris» interno. El útero puede expandirse hasta 500 veces su tamaño original, forzando a los órganos abdominales a moverse hacia los lados y hacia arriba.

Existe una hormona llamada relaxina que literalmente afloja ligamentos y articulaciones para permitir que la pelvis se expanda durante el parto. El cuerpo femenino, en términos prácticos, modifica su propia estructura para que otro cuerpo pueda atravesarlo.

Y luego están los huesos.

Piénsalo, si eso ocurriera fuera de la maternidad probablemente tendría nombre de lesión olímpica y siendo totalmente consciente nadie lo elegiría. 

Durante el embarazo también aumenta el agua corporal, cambia la respiración, la presión sobre músculos y nervios, la postura y hasta la forma de caminar. Muchas mujeres sienten agotamiento físico comparable al de esfuerzos de resistencia prolongados, mientras continúan trabajando, manejando, haciendo compras o fingiendo normalidad en juntas de oficina.

Y luego viene el parto. Quizá uno de los pocos dolores en el mundo que no puede pausarse ni negociarse.

Las contracciones pueden alcanzar intensidades físicas comparadas por muchas mujeres con fracturas simultáneas o con una presión interna imposible de describir completamente. Aun así, en medio de eso, millones siguen respirando, empujando y pensando primero en alguien más.

El parto no termina cuando nace el bebé, ahí empieza otra versión del cansancio.

Empiezan noches sin dormir que alteran la memoria, la concentración y la capacidad de reacción. Empieza una vigilia permanente donde cualquier silencio extraño provoca temor. Empieza una vida donde alguien más necesita de ti incluso antes de que tú logres reconocerte nuevamente frente al espejo.

Y aun así las mamás trabajan: contestan correos, preparan desayunos, recuerdan vacunas, curan rodillas raspadas. Además, es común buscar juguetes, ropa y dulces perdidos.

Hay algo profundamente injusto en cómo nos acostumbramos al esfuerzo materno.

Como si fuera normal sostener física y emocionalmente a otro ser humano durante años sin pausas reales, sin manuales y muchas veces sin reconocimiento.

Lo más increíble es que la ciencia apenas comienza a dimensionar cuánto cambia realmente el cuerpo femenino después del embarazo. Estudios recientes muestran que muchos parámetros fisiológicos no vuelven completamente a la normalidad ni siquiera un año después del parto.

Es decir: el cuerpo recuerda.

Tal vez por eso muchas madres desarrollan una fuerza silenciosa. No es estética, no tiene filtros. A veces ocurre despeinadas, con ansiedad, con café frío y sobreviviendo con cuatro horas de sueño y lo sorprendente es que en medio del cansancio aman.

Pensar primero en alguien más no es tan natural como nos hicieron creer. Es una decisión diaria. Una disciplina emocional. Una forma de entrega que no concluye cuando el hijo crece, cumple dieciocho o deja la casa. La maternidad parece no jubilarse nunca.

Es momento de dejar de romantizarla y reconocerla como una vocación, una vocación que no es para todas, y eso está bien porque cada mujer puede decidir a quién entregar su vida y cuáles serán sus pasiones.

La idea perfecta de la madre inalcanzable no existe, mirar la maternidad desde la dimensión humana nos permite reconocer a mujeres que sostienen universos enteros y al mismo tiempo buscan no perderse.

El amor maternal está en todos esos actos diminutos y agotadores que nadie aplaude, pero que quedan en la memoria de los hijos y se reflejan en ellos.

He pensado que, si existiera un certificado de idoneidad para ser mamá, muchas mujeres lo aprobarían no por ser perfectas… sino por haber sobrevivido todos los días al inmenso trabajo de amar así.

Sin duda la maravillosa y vertiginosa experiencia de ser mamá no me la perdería ni en esta ni en otra vida.

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