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Pienso luego Existo

La otra marcha

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Pienso luego Existo

La otra marcha

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Adela Ramírez
Adela RamírezColumnista · 14 de Mar. 2026
Columna de Adela Ramírez

Pienso luego existo / Adela Ramírez Cada 8 de marzo las calles se llenan de voces que exigen justicia, memoria y dignidad. Se levantan pancartas, se pintan consignas, se gritan nombres que nunca debieron convertirse en consigna. Nombres de mujeres que deberían seguir siendo vida, rutina, futuro. Mientras eso ocurre, muchas otras mujeres también estamos […]

Pienso luego existo / Adela Ramírez

Cada 8 de marzo las calles se llenan de voces que exigen justicia, memoria y dignidad. Se levantan pancartas, se pintan consignas, se gritan nombres que nunca debieron convertirse en consigna. Nombres de mujeres que deberían seguir siendo vida, rutina, futuro.

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Mientras eso ocurre, muchas otras mujeres también estamos frente a una pantalla, detrás de una mente llena de historias, o corriendo entre una entrevista y la vida cotidiana.

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Porque hay otra marcha, más silenciosa, que no aparece en las fotografías del día siguiente.

La marcha de las mujeres que trabajan.

Ser periodista ya implica vivir con prisa: perseguir historias, confirmar datos, escribir contra reloj, sostener la verdad incluso cuando el cansancio pesa en los hombros. Pero cuando además se es jefa de familia, la jornada nunca termina. El cierre de la edición no es el final del día; después viene la cena, las tareas, las preguntas de los hijos, las cuentas que pagar, la ropa que doblar y ese momento inevitable frente al espejo donde una se pregunta si lo está haciendo bien.

Las mujeres cargamos con una culpa que casi nunca se menciona. La culpa de no estar lo suficiente en casa cuando trabajamos demasiado. La culpa de sentir que el trabajo nos reclama mientras la familia nos necesita. La culpa de sentirnos cansadas cuando el mundo espera que seamos fuertes todo el tiempo.

Esa culpa se vuelve compañera cotidiana. Se cuela entre las notas que escribimos, en las llamadas que contestamos mientras caminamos de un lugar a otro, en las decisiones que tomamos mientras intentamos sostenerlo todo.

El periodismo, además, exige mirar de frente las heridas del mundo. Contar historias de injusticia, de violencia, de desigualdad. Y muchas veces, al narrarlas, una no puede evitar reconocer que también se parecen a nuestras propias batallas: demostrar que nuestro trabajo vale, abrir espacios donde antes no los había, sostener una voz propia en un oficio que durante mucho tiempo también fue territorio de hombres.

Por eso el 8M no es solo una fecha de consignas. Para muchas mujeres es también un momento de reflexión silenciosa. Un recordatorio de que detrás de cada historia publicada hay vidas que se sostienen con una mezcla de responsabilidad, amor y cansancio.

Y, sin embargo, seguimos.

Seguimos trabajando, preguntando, escribiendo, investigando. Seguimos levantándonos temprano y llegando tarde a casa. Seguimos intentando hacerlo todo, incluso cuando nadie ve el esfuerzo completo.

Porque al final también para eso sirve el periodismo: para emocionar, para incomodar, para denunciar, para provocar preguntas donde antes solo había silencio.

Quizá esa sea nuestra manera de marchar todos los días.

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