¿Las mujeres estamos seguras en nuestras casas?
Por Célida Godina Herrera
«La violencia comienza mucho antes del golpe: comienza cuando alguien cree tener derecho sobre la vida de otra persona.»
Cuando estamos atentas al mundo que vivimos, no podemos pasar por alto las distintas formas de violencia que sufren las mujeres. Nos enteramos de ellas por las redes sociales, los diarios, la televisión o los noticieros. Pero si apelamos a las cifras, la pregunta que encabeza este artículo deja de ser retórica: de acuerdo con la ENDIREH 2021, en México 39.9 % de las mujeres de 15 años y más ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su relación de pareja actual o última. Estamos hablando de casi cuatro de cada diez mujeres.
Muchas veces conocemos el hecho cuando la mujer ha sido asesinada. Entonces aparecen la noticia, las fotografías, las declaraciones, la indignación. Pero ¿qué ocurrió antes dentro del espacio doméstico? ¿Cómo pueden convivir las apariencias de una vida normal con una estructura cotidiana de amenazas y violencia?
Hay que mirar lo que ocurre antes, dentro de la casa misma: control, aislamiento, dependencia económica y afectiva, humillaciones, insultos, vigilancia, amenazas y una progresiva pérdida de autoestima y autonomía. Muchas mujeres permanecen durante años en estas relaciones por una compleja combinación de miedo, dependencia económica, preocupación por sus hijos e hijas, ausencia de redes de apoyo, amenazas y también por la esperanza de que el agresor cambie. Algunas intentan abandonar la relación; otras denuncian. Con frecuencia, incluso la propia familia no reconoce determinadas conductas como formas de violencia. Todavía persiste la idea de que lo que ocurre entre una pareja pertenece al ámbito privado.
La periodista estadounidense Rachel Louise Snyder, autora de No Visible Bruises: What We Don’t Know About Domestic Violence Can Kill Us, ha investigado precisamente aquello que sucede antes de que la violencia termine en asesinato. Una de las preguntas que atraviesan su libro podría formularse así: ¿por qué vemos con tanta claridad la violencia cuando ya ha producido un cadáver y nos cuesta tanto reconocerla mientras se desarrolla dentro del hogar?
¿Qué podemos hacer antes de que ocurra el asesinato? Si encaramos esta pregunta desde la justicia bioética, no basta con decirle a una mujer: “vete de esa casa”. No podemos hacer recaer exclusivamente sobre ella la responsabilidad de salvarse. Tenemos que examinar también las leyes que la protegen, la actuación de policías, ministerios públicos, fiscales y jueces, así como los servicios sociales, las evaluaciones de riesgo y los programas de prevención.
La pregunta debe cambiar: ¿qué estamos haciendo como sociedad para impedir que el agresor continúe violentándola y para protegerla antes de que su vida se encuentre en peligro?
La violencia doméstica no se reduce al momento en que un hombre golpea a una mujer. Evan Stark (1942–2024, sociólogo estadounidense y uno de los principales estudiosos contemporáneos de la violencia doméstica) desarrolló el concepto de control coercitivo para describir un patrón de dominación que puede abarcar el dinero, las relaciones personales, los desplazamientos, las conversaciones, el trabajo, la sexualidad y las decisiones de la vida cotidiana.
Una mujer puede no presentar hematomas y, sin embargo, vivir sometida a una estructura profundamente violenta. La violencia comienza antes del golpe: cuando el otro deja de ser reconocido como una persona autónoma y comienza a ser tratado como alguien cuya conducta, cuerpo, tiempo, relaciones y decisiones pueden ser administrados.
Vista desde la justicia bioética, la violencia doméstica es también una lesión progresiva de la autonomía. No se violenta únicamente el cuerpo: se violenta la posibilidad de decidir sobre la propia vida.
Las mujeres que denuncian violencia psicológica, física, económica, patrimonial o vicaria pueden encontrarse, además, con nuevas formas de hostigamiento. En algunos casos, el agresor utiliza incluso a los hijos e hijas para continuar ejerciendo control y causar daño a la madre. Por eso la violencia que ocurre dentro de una casa nunca es exclusivamente “privada”: sus consecuencias alcanzan a los hijos, a las familias, a las instituciones y, finalmente, a toda la sociedad.
Esta consideración de la violencia como un asunto privado tiene, además, una larga historia. Investigaciones sobre juicios de divorcio en México durante el siglo XIXmuestran a mujeres que denunciaban golpes, amenazas, injurias y encierros.
Términos hoy poco usuales, como sevicia o crueldad excesiva, nombraban distintas formas de maltrato conyugal. Paradójicamente, con la creciente separación entre lo público y lo privado, muchas de estas violencias terminaron siendo consideradas asuntos internos del matrimonio.
Han cambiado las palabras, las leyes y las instituciones, pero una pregunta permanece.
¿Por qué una sociedad reconoce con facilidad la violencia cuando produce un cadáver, pero tiene tantas dificultades para reconocerla mientras se está apropiando lentamente de la autonomía de una mujer?
Y existe otra pregunta que también debemos hacernos: ¿qué podemos hacer para que los hombres dejen su conducta violenta?
La prevención no puede consistir únicamente en enseñar a las mujeres a escapar de la violencia. También debemos preguntarnos cómo educamos a los hombres, cómo intervenimos ante las primeras conductas de control, qué hacemos con quienes ejercen violencia y por qué seguimos confundiendo amor con posesión, autoridad con dominio y vida privada con un espacio en el que nadie debe intervenir.
Porque una casa debería ser un lugar de intimidad, cuidado y seguridad, no un territorio de impunidad.
Es estudiosa de la filosofía, bioeticista y educadora con más de cuatro décadas de trayectoria en la docencia e investigación. Es fundadora de la Fundación Atenea y del Instituto Atenea de Estudios Superiores e Investigación. Correo: godinaherreracelida@gmail.com.
