Hace unas semanas, durante el seminario que imparto, tuve que modificar por un momento el curso de la discusión. En varias intervenciones de mis estudiantes apareció una idea que me inquietó: la sensación de que, frente a ciertos problemas
de nuestro tiempo, ya no hay mucho que hacer. Hablábamos, entre otras cosas, de la situación de las mujeres. Alguien observó que, pese a décadas de luchas feministas, asistimos nuevamente al fortalecimiento de discursos conservadores, antifeministas y misóginos. Parecía instalarse una pregunta amarga: ¿de qué ha
servido luchar si podemos retroceder?
Decidí entonces dedicar una sesión a hablar de la esperanza. Y después otra. No porque quisiera tranquilizar a mis estudiantes ni convencerlas o convencerlos de que finalmente todo terminará bien. Precisamente de eso no se trata.
La esperanza no consiste en cerrar los ojos ante la realidad. Tampoco es una especie de pensamiento positivo mediante el cual nos repetimos que las cosas mejorarán inevitablemente. Hay momentos históricos en los que sería incluso irresponsable sostener semejante optimismo. La esperanza comienza en otro lugar: en el reconocimiento de que el futuro no está completamente escrito y de que nuestras acciones todavía pueden intervenir en él.
Cuando creemos que nada puede cambiar, el presente adquiere la apariencia de un destino. La desigualdad siempre existirá, las mujeres siempre serán violentadas, las guerras siempre ocurrirán, la injusticia siempre vencerá, el poder siempre pertenecerá a los mismos. El problema de estas afirmaciones no reside únicamente en que puedan ser falsas. Hay algo todavía más grave: si aceptamos
que todo está decidido, ¿para qué actuar?
La desesperanza tiene entonces una consecuencia política: paraliza.
Por eso me resultó especialmente significativo encontrar, apenas unas semanas después de aquella conversación con mis estudiantes, a Angela Davis hablando precisamente de la esperanza durante su visita a la UNAM. Ante el avance de movimientos antifeministas, antigénero y de tendencias autoritarias en distintos lugares del mundo, Davis afirmó que la desesperanza no puede constituir una
alternativa. Y vinculó inmediatamente la esperanza con algo fundamental: la organización colectiva. La esperanza, en su larga experiencia como activista, no procede de esperar que los acontecimientos cambien por sí mismos, sino de participar con otras y otros en la construcción de ese cambio.
Esto modifica profundamente nuestra manera de entenderla.
Esperar no significa permanecer quietas, quietos. La esperanza verdadera contiene movimiento. Primero miramos la realidad, reconocemos sus obstáculos, después actuamos y finalmente nos comprometemos con aquello que consideramos valioso. Dicho de otra manera: la esperanza sólo adquiere sentido cuando encuentra
alguna forma de encarnarse en nuestros actos.
En la conferencia de Davis apareció además una idea atribuida a la activista Mariame Kaba que merece ser pensada: la esperanza exige disciplina. No llega espontáneamente ni puede reducirse a un estado de ánimo. Se cultiva trabajando, organizándose, creando vínculos y sosteniendo luchas cuyos resultados, muchas veces, no alcanzaremos a contemplar plenamente nosotras o nosotros mismos.
Aquí se encuentra quizá una de sus dimensiones más difíciles. Queremos actuar y obtener resultados. Queremos comprobar que nuestro esfuerzo tuvo sentido. Pero las grandes transformaciones humanas rara vez obedecen a esa temporalidad. Quienes lucharon por el voto de las mujeres, contra la esclavitud, contra la segregación racial, por los derechos laborales o por las libertades civiles no
siempre pudieron ver hasta dónde llegarían las semillas que sembraron.
La esperanza supone actuar sin garantías.
Hace unas semanas utilicé con mis estudiantes la imagen de Sísifo: el hombre condenado a llevar una piedra hasta la cima para verla caer y comenzar nuevamente.
La imagen resulta perturbadora porque nos recuerda aquellos momentos en los que el esfuerzo parece estéril. Sin embargo, precisamente cuando aparece el desencanto sabemos de qué está hecha nuestra esperanza. No consiste en ignorar que la piedra
puede volver a caer, sino en encontrar razones para volver a empujarla.
Donna Haraway propone algo semejante desde otro horizonte. Ante un planeta profundamente dañado, no nos invita a imaginar una salvación milagrosa ni a confiar ciegamente en que alguna tecnología solucionará las crisis que hemos creado. Nos pide permanecer dentro del problema: asumir que formamos parte de él y aprender a responder mediante el cuidado, la cooperación y la reparación de
nuestros vínculos con los otros y con el mundo. En esta perspectiva, esperar significa contribuir desde el presente a que todavía puedan existir mundos habitables.
Haraway y Davis proceden de tradiciones distintas, pero encuentro entre ellas una coincidencia poderosa: ninguna entiende la esperanza como certeza acerca del futuro. La esperanza aparece precisamente porque no sabemos qué sucederá.
Y eso nos devuelve a la conversación inicial sobre las mujeres.
Es verdad que existen retrocesos. Es verdad que resurgen discursos que creíamos superados. Es verdad que los derechos conquistados pueden perderse. La historia nunca prometió avanzar en línea recta. Pero precisamente porque puederetroceder necesita de personas dispuestas a defender aquello que generaciones anteriores consiguieron y a continuar aquello que quedó inconcluso.
Las mujeres que lucharon antes que nosotras tampoco recibieron garantías.
Muchas fueron ridiculizadas, perseguidas, encarceladas e incluso asesinadas. Si hubieran concluido que nada podía hacerse porque el mundo siempre había sido así, posiblemente muchas de nosotras no estaríamos hoy ocupando universidades, escribiendo, investigando, enseñando, decidiendo sobre nuestra propia vida o tomando la palabra en el espacio público.
Por eso la esperanza tiene memoria.
Sabemos que el mundo puede cambiar porque ya ha cambiado. Y sabemos también que ninguna conquista es definitiva porque la historia permanece abierta.
Quizá debamos dejar de preguntarnos si tenemos razones suficientes para sentir esperanza. La pregunta podría formularse de otra manera: ¿qué estamos dispuestas o dispuestos a hacer para que haya razones para esperar?
Entonces la esperanza deja de ser consuelo.
Se convierte en responsabilidad.
