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18Años diciendo lo que otros callan

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El último tronco del roble: Cuauhtémoc Cárdenas y el eco de la transición mexicana

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Hay nombres que no solo designan a una persona, sino que condensan una época entera. En la historia contemporánea de México, el apellido Cárdenas es un puente de bronce entre el México de las instituciones emanadas de la Revolución y el largo, sinuoso y a menudo doloroso camino hacia la democracia plural. 

Con el fallecimiento del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, a los 92 años, se apaga una de las voces más congruentes, sobrias y determinantes de la política nacional. Se va el hombre que sacudió los cimientos del régimen de partido hegemónico y obligó al país a mirarse en el espejo de la alternancia.

Hijo de dos gigantes morales —del general Lázaro Cárdenas del Río, el presidente que nacionalizó el petróleo y dio rostro a la justicia agraria, y de doña Amalia Solórzano—, Cuauhtémoc cargó sobre sus hombros el peso monumental de un legado histórico. Pudo haber elegido la comodidad del dispensador de privilegios dentro del sistema que encumbró a su padre; en su lugar, prefirió el áspero camino de la disidencia.

Su paso por la gubernatura de Michoacán (1980-1986) demostró su talante austero y profundamente arraigado en las causas sociales. Pero fue en 1987 cuando su nombre quedó grabado con fuego en la memoria colectiva al encabezar, junto a figuras como Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, la Corriente Democrática dentro del PRI. Aquella ruptura no fue un simple berrinche cúpula, sino el terremoto político que fracturó al monolito oficial.

El clímax de esa lucha llegó en el verano de 1988. Aquella noche del 6 de julio, cuando el sistema electoral «se cayó”, no solo se interrumpió el conteo de votos que favorecía a Cárdenas; se cayó también la legitimidad de un sistema político monolítico. Millones de mexicanos salieron a las calles a defender un triunfo que las urnas le arrebataron, pero que moralmente consagró a Cárdenas como el verdadero ganador moral de esa contienda. De aquel agravio colectivo nació, un año después, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), la trinchera donde convergieron la izquierda socialista, los movimientos sociales y los demócratas desencantados.

Cárdenas fue, con justa razón, tres veces candidato presidencial. No alcanzó la banda tricolor en las urnas federales, pero su aportación histórica trascendió el codiciado asiento presidencial. En 1997, al ganar abrumadoramente la primera Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal por vía democrática, rompió el último gran tabú del poder centralizado y convirtió a la capital del país en el epicentro de la pluralidad política y el bastión de la izquierda institucional.

En los años posteriores, su figura se mantuvo como la de un patriarca republicano. Cuestionó, aconsejó, discrepó y mantuvo una inquebrantable línea de autonomía intelectual frente al poder, negándose a abdicar de sus principios ideológicos a cambio de pragmatismos vacíos. Su congruencia a veces le granjeó incomprensiones en los tiempos de la polarización moderna, pero el tiempo, juez implacable, le devolvió siempre el sitio que le correspondía: el de un pilar indiscutible de la democracia mexicana.

Hoy que el ingeniero emprende el viaje final, las diferentes fuerzas del espectro político nacional reconocen lo evidente: no se puede entender el México de hoy —plural, competido, con alternancia y ciudadanía activa— sin el parteaguas que significó su vida.

Descanse en paz Cuauhtémoc Cárdenas. El roble ha caído, pero su sombra republicana seguirá protegiendo la memoria cívica de la nación.

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