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El Síndrome de Frankenstein: el vértigo de la creación
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Pienso luego Existo

El Síndrome de Frankenstein: el vértigo de la creación

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Adela Ramírez
Adela RamírezColumnista · 4 de Dic. 2025
El Síndrome de Frankenstein: el vértigo de la creación

Pienso Luego Existe / Adela Ramírez Hay miedos que no nacen en la oscuridad, sino en el espejo. Miedos que se revelan cuando descubrimos que aquello que hemos construido —una idea, una versión de nosotros mismos, un vínculo, un camino— ya no nos obedece, ya no cabe en nuestras manos, ya es demasiado grande o demasiado […]

Pienso Luego Existe / Adela Ramírez

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Hay miedos que no nacen en la oscuridad, sino en el espejo. Miedos que se revelan cuando descubrimos que aquello que hemos construido —una idea, una versión de nosotros mismos, un vínculo, un camino— ya no nos obedece, ya no cabe en nuestras manos, ya es demasiado grande o demasiado vivo para seguir siendo solo “nuestro”.

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A eso muchos llaman el síndrome de Frankenstein: el temor visceral a ver nuestra creación adquirir voluntad, transformarse, cuestionarnos… o recordarnos que no somos dioses.

Mary Shelley lo describió sin pretensión clínica pero sí con una precisión moral devastadora: el verdadero monstruo no era la criatura, sino el abandono de su creador. Ese temblor que sentimos cuando lo que hemos hecho se vuelve extraño, autónomo, capaz de interpelarnos, es el mismo temblor que atraviesa sus páginas. Y es un temblor que aún hoy, dos siglos después, nos recorre la espalda cada vez que algo que amábamos se nos escapa, cada vez que el futuro toma forma sin pedirnos permiso.

Guillermo del Toro, con su sensibilidad de alquimista emocional, leyó esta historia con los ojos llenos de ternura hacia lo incomprendido. Él vio lo que Shelley insinuaba: que la criatura no encarna el terror, sino la necesidad. No es un monstruo, sino un huérfano. No es una amenaza: es una pregunta.

Del Toro convierte la cicatriz en un puente y la deformidad en una súplica de amor. Para él, como para tantos de nosotros, el verdadero horror no es lo diferente, sino el rechazo.

Y entonces el síndrome cambia de rostro. Ya no es solo el miedo del creador. Es también el miedo del creado.

El miedo a no ser visto. A no ser amado. A no tener un lugar en el mundo que nos parió, pero que no ha aprendido a abrazarnos.

En nuestra vida cotidiana, este síndrome se manifiesta en las formas más sutiles: el proyecto que crece y nos desafía; el hijo que piensa distinto; la emoción que ignoramos hasta que se vuelve ruido; la tecnología que nos rebasa; la versión de nosotros mismos que queríamos controlar como un autor controla su manuscrito… y que, al cobrar vida, empieza a escribir su propio capítulo.

Del Toro nos recuerda que la única respuesta humana posible ante una criatura —real o simbólica— no es el miedo, sino la compasión. Su mirada es un llamado a responsabilizarnos de lo que engendramos: nuestros actos, nuestros sueños, nuestras sombras. Porque toda creación exige un tipo de amor que no es posesión, sino acompañamiento; no es dominio, sino diálogo.

Quizá podamos aprender a reconciliarnos con lo que hacemos nacer, incluso cuando nos supera. Quizá el verdadero antídoto contra el síndrome de Frankenstein no sea la huida, sino el reconocimiento: “Te veo. Te escucho. Te acepto, aunque seas distinto de lo que imaginé.”

Así, entre Shelley y del Toro, se revela la verdad que ambos murmuran en la misma herrumbre poética: el monstruo no es lo que creamos, sino lo que negamos. Y la belleza, dulce y extraña, nace cuando el creador deja de temer y empieza a amar lo que ha puesto en el mundo, incluso si lleva tornillos en el alma o costuras en la voz. 

X: @delyramrez

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