Connect with us
18Años diciendo lo que otros callan

Portada

Purgatorio: la purificación del alma y el llamado a no olvidar a nuestros difuntos

Published

on

Foto Especial

Diario Sin Secretos / Angélica Garcia Muñoz

 

La Iglesia Católica enseña que el purgatorio es una verdad de fe y recuerda que nuestras oraciones, sacrificios y, sobre todo, la celebración de la Santa Misa pueden ayudar a las almas que se encuentran en ese estado de purificación.

La existencia del purgatorio no es una simple tradición piadosa ni una creencia popular dentro del catolicismo. Es un dogma de fe definido por la Iglesia, cuya enseñanza fue reafirmada en los concilios de Lyon, Florencia; y Trento. Se trata del estado de purificación de aquellas almas que mueren en la gracia y amistad de Dios, pero que todavía necesitan ser purificadas antes de entrar en la plenitud de la gloria celestial. No es el infierno ni una segunda oportunidad para alcanzar la salvación: es la etapa final de purificación de quienes ya pertenecen a Dios.

Pero ¿por qué rezar por los difuntos y a quiénes pueden beneficiar nuestras oraciones? La doctrina católica distingue tres destinos: quienes han alcanzado el cielo ya gozan de la presencia de Dios y pueden interceder por nosotros; quienes se encuentran en el infierno están definitivamente separados de Él; mientras que las almas del purgatorio, aunque tienen asegurada su salvación, todavía necesitan ser purificadas. Es por ellas por quienes la Iglesia invita especialmente a ofrecer oraciones, sacrificios, limosnas e indulgencias.

Uno de los fundamentos bíblicos más importantes de esta enseñanza se encuentra en el segundo libro de los Macabeos, capítulo 12, versículos 43 al 46. Allí se relata cómo Judas Macabeo reunió una colecta y envió dinero a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por los soldados fallecidos. El texto concluye con una afirmación contundente: «Es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos para que sean libres de sus pecados». Este pasaje constituye un testimonio bíblico de la oración por quienes han muerto y de la esperanza de que puedan recibir sus beneficios.

En el Nuevo Testamento también encontramos pasajes que la tradición católica ha relacionado con la purificación después de la muerte. San Pablo, en su primera carta a los Corintios (3, 12-15), habla de una obra que será probada por el fuego y de quien podrá salvarse, aunque «como quien pasa por el fuego». Asimismo, Mateo 12,32 menciona un pecado que no será perdonado ni en este mundo ni en el venidero. Estos textos, interpretados junto con la Tradición apostólica, forman parte de la reflexión teológica sobre el purgatorio. San Juan Crisóstomo, por su parte, recordaba que los Apóstoles dispusieron que se hiciera memoria de los difuntos durante los sagrados misterios, porque sabían que aquella práctica les reportaba gran beneficio.

La oración por los muertos tampoco es una práctica reciente. Desde los primeros siglos del Cristianismo existen testimonios de esta costumbre. Tertuliano, escritor del siglo II, recomendaba que las esposas ofrecieran oraciones por sus maridos fallecidos. San Ambrosio pidió por el descanso del emperador Teodosio, mientras que Santa Mónica, madre de San Agustín, antes de morir, pidió a sus hijos que no la olvidaran ante el altar del Señor. San Agustín cumplió aquel deseo y dejó escrito en sus confesiones que su madre debía ser recordada durante la celebración eucarística. Así, la oración por los difuntos se convirtió en una expresión de la comunión que une a los miembros de la Iglesia más allá de la muerte.

Una de las maneras de ayudar a las almas del purgatorio es mediante las indulgencias, particularmente la indulgencia plenaria, que puede aplicarse por los difuntos en forma de sufragio. La Iglesia enseña que la indulgencia remite la pena temporal debida por los pecados cuya culpa ya ha sido perdonada. No significa que se repita la salvación de esas almas ni que se sustituya su purificación, sino que se les aplica, por la comunión de los santos, el tesoro de los méritos de Jesucristo y de sus santos. La Santa Misa ocupa un lugar especial entre estos sufragios, pues hace presente sacramentalmente el único sacrificio redentor de Cristo.

Santa Faustina Kowalska, también dejó en su Diario un testimonio sobre la realidad del purgatorio. Relató una experiencia mística en la que contempló a las almas sometidas a sufrimientos propios de su purificación, particularmente por la añoranza de Dios. En ese contexto recogió estas palabras: «Mi Misericordia no quiere eso, pero lo pide mi justicia». Según el relato de la religiosa, aquellas almas no podían aliviar por sí mismas sus penas y pedían la ayuda de quienes todavía peregrinamos en la tierra. Estas experiencias pertenecen al ámbito de las revelaciones privadas y no constituyen por sí mismas un dogma, pero expresan una invitación espiritual a vivir la caridad con nuestros hermanos difuntos.

Una reflexión particularmente conmovedora sobre este tema la encontramos en la beata Concepción Cabrera de Armida, en su obra Rocío del Purgatorio. Allí enseña que no basta con llorar a quienes han partido, pues las lágrimas y los gemidos no alivian por sí mismos las penas de las almas. Es necesario asociar nuestro dolor al sacrificio de la Cruz y ofrecer los méritos de la Sangre redentora de Jesucristo. Conchita exhorta a derramar sobre el purgatorio un «rocío de indulgencias, de limosna, de penitencias, pero sobre todo de misas», para que las almas alcancen cuanto antes el descanso eterno en el seno de la bienaventuranza. Su enseñanza coloca a Cristo y su sacrificio redentor en el centro de toda ayuda espiritual a los difuntos.

La beata Concepción también deja un mensaje dirigido a quienes sufren por la pérdida de un ser querido. Invita a orar, pero también a encontrar consuelo en la esperanza cristiana de que la muerte no destruye los vínculos de amor que permanecen unidos en Dios. En una de sus reflexiones recoge estas palabras dirigidas al corazón de quien llora: «Búscame en Dios, junto a su sacratísimo corazón, y me hallarás. en Él, nuestros lazos de unión no se han roto ni se romperán jamás». Es una manera de recordar que la fe no exige dejar de sentir dolor, sino aprender a vivirlo desde la esperanza de la vida eterna.

La enseñanza del purgatorio, por tanto, no debe entenderse únicamente como una reflexión sobre lo que sucede después de la muerte. También es un llamado a ejercer la caridad con quienes ya partieron y a prepararnos espiritualmente para nuestro propio encuentro con Dios. Hoy podemos ofrecer una oración, una penitencia, una limosna o participar en la Santa Misa por nuestros difuntos, incluso por aquellos que quizá ya no tienen familiares que los recuerden. Y cuando llegue nuestro momento, también necesitaremos de la oración de quienes permanezcan en la tierra. Por eso, la Iglesia mantiene viva esta súplica por todos los fieles difuntos: «Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén».

Lo más leido