Opinión

Solos en la multitud: El arte de ignorarnos en el elevador

Vivimos amontonados pero aislados, convirtiendo el espacio público en un cementerio de miradas esquivas y audífonos con cancelación de ruido.

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No hay momento de mayor tensión metafísica en la gran ciudad que subir a un elevador con tres desconocidos. El ritual es sagrado e inamovible: todos entran, clavan los ojos en los números digitales que marcan los pisos como si estuvieran presenciando el lanzamiento de un cohete espacial, y sacan el celular para revisar notificaciones inexistentes. Cualquier cosa con tal de evitar el contacto visual o, peor aún, una conversación sobre el clima. La paradoja de la metrópoli es perfecta: nunca hemos estado tan físicamente cerca de los demás y, sin embargo, nunca hemos estado tan blindados contra el prójimo.

Si el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman subiera con nosotros a ese elevador, sonreiría con amargura. En su concepto de Modernidad líquida, Bauman explica que los vínculos humanos en la era actual se han vuelto precarios, fluidos y sumamente superficiales. En la gran ciudad, hemos aprendido a consumir "conexiones" en lugar de construir "relaciones". Es mucho más fácil mandar un emoji a alguien al otro lado del mundo que sostenerle la mirada y regalarle un "buenos días" a la persona que respira el mismo aire acondicionado que tú en el piso 14. Nos da pánico la otredad, el imprevisto de un encuentro real que no podamos bloquear con un swipe.

Para rematar el diagnóstico, el existencialista Jean-Paul Sartre ya nos dejó una frase que parece escrita en el tráfico de las seis de la tarde: "El infierno son los otros". Pero ojo, Sartre no lo decía porque odiara a la humanidad, sino porque dependemos tanto de la mirada ajena para definirnos que el juicio de los demás se vuelve una condena. En la urbe, para escapar de ese "infierno", hemos decidido que la mejor estrategia es la invisibilidad mutua. Nos tratamos como obstáculos urbanos o como fantasmas de concreto. La próxima vez que te subas a un elevador o te sientes en la banca de un parque, apaga la pantalla cinco segundos. No te prometo que encuentres al amor de tu vida ni un debate socrático sobre el bien común, pero al menos romperás la ilusión líquida y recordarás que en este hormiguero, el de al lado está tan extrañado de estar vivo como tú.

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