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Opinión

La tiranía de lo «instagrameable»: Vivir en una ciudad de utilería

Cafeterías con letreros de neón rosa, paredes con alas de ángel y platillos diseñados para la cámara, donde el diseño brilla y el sabor brilla… pero por su ausencia.

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La tiranía de lo «instagrameable»: Vivir en una ciudad de utilería

Caminar hoy por los barrios de moda de la metrópoli es como pasear por el set de una película de presupuesto mediano. De pronto, todas las cafeterías, restaurantes y parques parecen cortados con la misma tijera estética: un letrero de neón con una frase pseudofilosófica del tipo "Good vibes only", sillones de terciopelo y paredes texturizadas pensadas exclusivamente para servir de fondo. La gente ya no va a estos lugares a tomar un buen café o a platicar con amigos; va a recolectar el tributo digital de la semana. Hacen fila durante cuarenta minutos, les sirven un pan de colores estridentes, le toman quince fotos desde distintos ángulos y, cuando finalmente le dan el primer mordisco, descubren que sabe a cartón húmedo. Pero qué importa, si en la pantalla se ve espectacular.

Si el filósofo francés Jean Baudrillard resucitara y viera esto, pediría un espresso doble para pasar el coraje. En su obra Cultura y simulacro, Baudrillard nos advirtió que la sociedad contemporánea ha reemplazado la realidad por los "simulacros": signos e imágenes que simulan una realidad que ya no existe. El espacio "instagrameable" es la cumbre de esta teoría. La cafetería ya no es un lugar de encuentro real, sino la representación de una estética de la felicidad idealizada. El postre no es comida; es un accesorio visual. Vivimos en la era de la "hiperrealidad", donde la foto del brunch en tu perfil de redes sociales es mucho más importante, vívida y duradera que la experiencia real de masticarlo.

Huachicol

Para colmo, esta obsesión nos conecta directamente con el concepto de mala fe de Jean-Paul Sartre. Para el existencialista, la mala fe ocurre cuando adoptamos un rol social prefabricado en lugar de asumir nuestra auténtica libertad. El urbanita que posa sonriente junto a una pared de flores falsas, pretendiendo que su vida es un constante catálogo de diseño de interiores, está actuando para la mirada del Gran Hermano digital. Nos convertimos en los directores de marketing de nuestra propia existencia. La próxima vez que entres a un local y sientas la urgencia de sacar el celular antes de ver el menú, detente. Busca el rincón más feo, oscuro y auténtico del lugar. Pide algo que no fotografíe bien pero que huela a gloria. Recuperar la ciudad real empieza por recordar que las mejores experiencias no tienen filtros, no se pueden etiquetar y, afortunadamente, no caben en una historia de quince segundos.

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