Opinión de Angy Bravo
La rebelión de las latas de sardinas: ¿Por qué el metro nos convierte en filósofos cínicos?
Entre empujones, retrasos de veinte minutos y el olor a humanidad compartida, Diógenes de Sinope se sentiría atrapado en su propio barril.
Vivir en la gran ciudad es un ejercicio diario de paciencia que ni el mismísimo Job habría soportado sin un par de ansiolíticos. Tomemos, por ejemplo, la odisea de subir al transporte público en hora pico. En ese preciso instante en que un desconocido apoya su axila firmemente sobre tu hombro derecho mientras intentas mantener el equilibrio, la distancia física se anula y la dignidad humana se convierte en un concepto puramente teórico.
Es aquí donde entra nuestro querido Diógenes de Sinope y la escuela de los filósofos cínicos del siglo IV a.C. Diógenes, famoso por vivir dentro de un barril y andar por la calle con una lámpara buscando "un hombre honesto", despreciaba las convenciones sociales y las comodidades. Si hoy viajara en el metro, no necesitaría la lámpara; le bastaría con buscar a alguien que no esté pegado a la pantalla de su teléfono intentando disociar del entorno. Los usuarios de la gran ciudad hemos perfeccionado el "cinismo urbano": miramos al vacío, ignoramos el caos reinante y reducimos nuestras necesidades materiales al espacio mínimo vital de treinta centímetros cuadrados.
Pero no todo es resignación. El sociólogo y filósofo Georg Simmel ya nos advirtió en su ensayo Las grandes ciudades y la vida del espíritu que, para no volvernos locos ante el bombardeo constante de estímulos, ruidos y rostros anónimos, los urbanitas desarrollamos una "actitud blasé". Es decir, una especie de apatía protectora, un blindaje mental que nos hace parecer indiferentes, pero que en realidad es nuestro único mecanismo de defensa para que el cerebro no colapse antes de llegar a la oficina. Así que la próxima vez que alguien te meta el codo en las costillas para ganar un asiento, no lo veas como un enemigo; míralo como un brillante alumno de Simmel protegiendo su psique, o como un cínico moderno demostrando que, en la jungla de asfalto, el espacio propio es la utopía más cara de conseguir.