Opinión

El laberinto del Minotauro tiene semáforos: la neurosis del tráfico y el mito del eterno retorno

Por qué pasar dos horas atrapados en el periférico nos convierte en los filósofos más cínicos (y desesperados) del siglo XXI.

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Bienvenidos a la distopía cotidiana. Si usted, querido lector, ha pasado la última hora de su vida contemplando fijamente la defensa trasera de un autobús mientras cuestiona el sentido de la existencia, enhorabuena: ha ingresado al club del asfalto intelectual. No es un secreto que las grandes urbes se han convertido en monumentos al absurdo, pero lo verdaderamente inaudito es cómo el tráfico de la gran ciudad ha logrado lo que siglos de academia no pudieron: democratizar la crisis existencial.

Albert Camus escribió en su célebre ensayo que "un día, el 'por qué' se levanta y todo comienza con esa fatiga teñida de asombro". Camus, por supuesto, no conoció el tráfico en hora pico, de lo contrario habría sabido que el "por qué" no se levanta; se queda varado en tercera marcha bloqueando un cruce peatonal. Vivimos atrapados en la perfecta metáfora del Mito de Sísifo: empujamos nuestro vehículo colina arriba a través de avenidas colapsadas, solo para ver cómo el semáforo se pone en rojo y nos obliga a empezar de nuevo. La única diferencia es que Sísifo no tenía que soportar el claxon de un conductor histérico detrás de él.

Científicos del comportamiento urbano señalan que el aislamiento dentro de una carrocería de metal genera una disonancia cognitiva casi psicótica. Nos creemos seres libres, pero estamos encadenados a una fila india que envidiaría cualquier colonia de hormigas legítimamente organizada. Como bien apuntaba el sociólogo Zygmunt Bauman al hablar de la "modernidad líquida", nuestras estructuras son tan volátiles que la única constante es la incertidumbre. En la ciudad, esa incertidumbre mide cuatro carriles de ancho y huele a dióxido de carbono. Es el misterio de la inmovilidad hiperconectada: nunca hemos tenido tanta tecnología para movernos rápido, y nunca hemos pasado tanto tiempo completamente estáticos.

Así que la próxima vez que el motor de su ciudad se detenga por completo y el entorno se vuelva una coreografía de frenos oxidados, no desespere. No está perdiendo el tiempo; está ejerciendo el derecho neurótico a la contemplación urbana. Después de todo, si la filosofía nació en las plazas públicas de Atenas caminando, es perfectamente lógico que su evolución final ocurra sentados en el asiento de un coche, maldiciendo al universo y dándole la razón a los nihilistas. Es cosa de locos, sí, pero es la vida metropolitana.

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