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Opinión

El chat de vecinos de WhatsApp: El verdadero estado de naturaleza de la clase media

Entre reportes de cacas de perro sin recoger, quejas por el estacionamiento y bendiciones de piolín a las seis de la mañana, la civilización pende de un hilo.

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El chat de vecinos de WhatsApp: El verdadero estado de naturaleza de la clase media

Si alguien quiere estudiar la fragilidad del contrato social, no necesita leer tratados de ciencia política; le basta con ingresar al grupo de WhatsApp de su edificio o condominio. Lo que empieza como un canal inocente para "asuntos de seguridad y mantenimiento" tarde o temprano se convierte en una versión digital de El señor de las moscas. El detonante siempre es trivial: una bolsa de basura mal cerrada, un coche invadiendo diez centímetros del cajón ajeno, o el misterio de quién se robó el foco del pasillo. En cuestión de minutos, los emojis de carita sonriente dan paso a las mayúsculas de indignación y las amenazas de demandas internacionales.

Si el filósofo inglés Thomas Hobbes tuviera un teléfono inteligente en la mano, vería en estos chats la confirmación absoluta de su teoría del Leviatán. Hobbes argumentaba que, antes de que existieran las leyes y el gobierno, los seres humanos vivíamos en un "estado de naturaleza" donde imperaba la guerra de todos contra todos, y la vida era "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta". El chat vecinal es el regreso a ese estado salvaje, pero con conexión Wi-Fi. Sin una autoridad central fuerte (el pobre administrador del edificio, que usualmente silencia el grupo por salud mental), los vecinos revelan su verdadero yo: seres territoriales, desconfiados y listos para linchar digitalmente al dueño del perro que osó ladrar durante el partido de fútbol.

Huachicol

Frente a esta barbarie de pasillo, el filósofo de la Ilustración JeanJacques Rousseau sostendría su famosa tesis de que "el hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado". En la gran ciudad, esas cadenas son los muros compartidos y los gastos de mantenimiento. Rousseau hablaba de la necesidad de una "voluntad general" para que la sociedad funcione, un bien común que los ciudadanos deben priorizar por encima de sus egoísmos particulares. Pero claro, Rousseau no conoció al vecino del 4B que pone reguetón a las tres de la mañana un martes. La próxima vez que tu teléfono vibre con sesenta mensajes porque alguien dejó una caja de cartón en el área común, no te sumes a la turba. Apaga las notificaciones, sirve un café y recuerda que la convivencia urbana es el experimento sociológico más complejo del planeta. Si logramos no matarnos por el uso del elevador, todavía hay esperanza para la humanidad.

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