24 de agosto de 2026.- No son palabras menores. No es un exabrupto cualquiera. Doug Ford, el primer ministro de Ontario, ha cruzado todas las líneas rojas y ha puesto sobre la mesa una amenaza que estremece los cimientos de la relación entre Canadá y Estados Unidos: cortar el suministro eléctrico y los minerales críticos que alimentan la industria y la defensa del país vecino. Y lo ha hecho con una crudeza que no admite matices: "Ronald Reagan estaría vomitando si viera lo que Trump está haciendo".
La guerra comercial, que ya parecía un incendio controlado, se ha convertido en un infierno. Las negociaciones del viernes en Washington colapsaron. Estados Unidos impuso el sábado aranceles del 50% a productos canadienses por valor de 20 mil millones de dólares, el 5,5% de las exportaciones de Canadá al país vecino. La respuesta de Ottawa no se hizo esperar: aranceles compensatorios equivalentes a partir del 8 de septiembre. Y Trump, lejos de aflojar, redobló la apuesta: amenazó con un gravamen del 50% a automóviles, autopartes y acero canadienses para 2027.
Pero fue Doug Ford quien llevó el pulso al límite. Con la frialdad de quien sabe que tiene una carta bajo la manga, el líder de Ontario advirtió que "todas las opciones están sobre la mesa". Y luego, la sentencia: "Voy a cortarles la extracción. No se puede sacar ni un grano de arena de Ontario". No es un farol. Ontario es el corazón industrial de Canadá y uno de los principales proveedores de minerales críticos para Estados Unidos: litio, cobalto, níquel, elementos que el Pentágono necesita para misiles, aviones y electrónica militar. Sin ellos, la maquinaria de guerra estadounidense se tambalea.
Pero la amenaza va más allá. Ford también insinuó la interrupción del suministro eléctrico que Ontario envía a varios estados del norte de Estados Unidos. Un corte que, en pleno verano o en pleno invierno, sería un golpe casi tan devastador como un ataque cibernético. "Subestima a Canadá. Estamos todos comprometidos. Aquí, la situación es crítica; todos están preparados para una guerra económica. Saben que tendrán que hacer sacrificios", sentenció.
El primer ministro Mark Carney, por su parte, justificó el abandono de la mesa de negociaciones con una frase que suena a desafío: "Nunca buscamos un acuerdo a cualquier precio ni en cualquier plazo". Desde Quebec, Carney dejó claro que Ottawa no se doblegará ante las exigencias de Washington, aunque el costo sea alto.
Mientras tanto, desde la Casa Blanca, un funcionario filtró a Politico una versión que contradice la narrativa canadiense: aseguran que fue el equipo de Carney quien introdujo cambios de última hora que hicieron naufragar el acuerdo. Quién miente, quién exagera, quién juega al póker con la economía de dos naciones es lo de menos. Lo que importa es que el tablero está ardiendo y las piezas comienzan a caer.
Ford lo resumió con una imagen que dará la vuelta al mundo: "Trump guarda un retrato de Reagan cerca de su escritorio. Si supiera lo que está pasando, estaría vomitando. Tal vez debería quitar ese cuadro de la pared". La guerra comercial ya no es solo de aranceles. Es de símbolos, de orgullo herido y de líneas que, una vez cruzadas, quizás ya no tengan vuelta atrás.

