Opinión

Pensar la época: La Generación Beta y el mundo que estamos construyendo

Por Célida Godina Herrera A Fernando Luis, con amor

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No cabe duda de que pensar la época que vivimos es una tarea urgente. Por todas partes encontramos asuntos sobre los cuales reflexionar, problemas que resolver y fenómenos que necesitamos comprender.

Vivimos un tiempo paradójico. Tenemos acceso a una cantidad de información que ninguna generación anterior tuvo a su alcance; sin embargo, no siempre podemos saber si esa información es verdadera, parcial o deliberadamente engañosa. La abundancia informativa no garantiza el conocimiento. Por ello, cada vez resulta más necesario consultar fuentes confiables, contrastar los datos y distinguir los hechos de las interpretaciones.

Uno de los asuntos que ocupa un lugar central en el debate contemporáneo es la inteligencia artificial. Ya no hablan de ella solamente los especialistas en tecnología. También lo hacen los gobiernos, las universidades, las empresas, las instituciones educativas y las familias, porque sus aplicaciones están transformando nuestra manera de trabajar, comunicarnos, aprender y relacionarnos con el mundo.

Hace unos días volví a la idea de las generaciones desarrollada por el filósofo español José Ortega y Gasset. Para él, una generación no es simplemente un conjunto de personas nacidas en fechas cercanas. Está constituida por quienes comparten una determinada circunstancia histórica, ciertos problemas comunes y, fundamentalmente, una particular sensibilidad vital; es decir, una manera semejante de sentir, valorar e interpretar la realidad.

Cada generación recibe las creencias, las costumbres y las instituciones construidas por quienes la precedieron. Sin embargo, también intenta formular sus propias respuestas, desarrollar nuevos proyectos e introducir otra manera de comprender el mundo.

La convivencia entre generaciones puede ser tensa porque en un mismo presente coinciden distintas experiencias de vida. Ortega distingue, por ello, entre contemporaneidad y coetaneidad: varias generaciones pueden vivir simultáneamente y ser contemporáneas, pero no son plenamente coetáneas, pues fueron formadas en circunstancias históricas diferentes. Aunque habitan el mismo tiempo cronológico, no interpretan necesariamente la realidad de la misma manera.

Desde esta perspectiva, resulta interesante pensar en la llamada Generación Beta. De acuerdo con la clasificación propuesta por el investigador social Mark McCrindle, esta generación está integrada por quienes nacieron en 2025 y 2026, así como por quienes nazcan entre 2027 y 2039. Sus primeros integrantes apenas comienzan a llegar al mundo y se prevé que crecerán en un entorno donde la inteligencia artificial, la automatización y la integración entre los espacios físicos y digitales formarán parte de su vida cotidiana.

Sin embargo, debemos ser prudentes. Por ahora, “Generación Beta” es el nombre asignado a una cohorte demográfica, pero todavía no es una generación histórica en el sentido planteado por Ortega. Conocemos algunas de las condiciones tecnológicas y sociales en las que crecerá, pero ignoramos cuál será su sensibilidad vital, qué problemas considerará fundamentales y cómo responderá al mundo que reciba.

¿Qué ganará y qué perderá esta generación en comparación con las anteriores? ¿Será deseable crecer en un entorno profundamente digitalizado? ¿La educación personalizada mediante sistemas de inteligencia artificial fortalecerá su autonomía o generará nuevas formas de dependencia? ¿La tecnología la hará más consciente de la crisis climática, de los cambios demográficos y de las transformaciones del mundo laboral, o la alejará de estos problemas?

También es posible que, como reacción ante la digitalización permanente, sus integrantes otorguen un nuevo valor a las relaciones auténticas, a la vida comunitaria, al contacto con la naturaleza y a aquellas capacidades que consideramos específicamente humanas: la empatía, el juicio moral, la responsabilidad, la imaginación y el cuidado de los otros.

Estas preguntas adquieren especial importancia cuando observamos que la inteligencia artificial ya ha provocado debates sobre la privacidad, la vigilancia, la manipulación de la información, los sesgos algorítmicos y la pérdida de control humano sobre decisiones relevantes. Sus aplicaciones militares también plantean interrogantes éticos y jurídicos acerca de la vigilancia, la selección de objetivos y el uso de sistemas de armas con distintos grados de autonomía.

Por ello, quizá la pregunta principal no sea cómo será la Generación Beta, sino qué mundo estamos construyendo para ella. Ninguna generación elige las circunstancias en las que nace, pero su manera de responder dependerá, en buena medida, de la herencia que reciba.

La responsabilidad, entonces, corresponde a quienes vivimos hoy. Debemos decidir si entregaremos a las nuevas generaciones una tecnología concebida como instrumento al servicio de la vida o un mundo en el que la técnica se haya convertido en un destino aparentemente inevitable. Pensar nuestra época no es un simple ejercicio intelectual: es una responsabilidad frente a quienes apenas comienzan a habitarla.

Fundadora de la Fundación Atenea y del Instituto Atenea de Estudios Superiores e Investigación (IAESI). Actualmente coordina los posgrados del IAESI. Correo: godinaherreracelida@gmail.com

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