Opinión
La herejía de crear
Adela Ramírez
Para muchas sociedades toda innovación comienza como una herejía.
Hubo un tiempo en que pintar el mundo como realmente se veía era un acto de rebeldía. Los impresionistas fueron ridiculizados por la crítica francesa; sus pinceladas parecían inacabadas y sus colores, una falta de respeto a la pintura académica. Hoy, Claude Monet, Edgar Degas y Pierre-Auguste Renoir ocupan las salas más importantes de los museos del mundo. Lo que ayer fue considerado un error, hoy es patrimonio de la humanidad.
La historia del arte está llena de episodios semejantes. En 1917, Marcel Duchamp presentó un urinario de porcelana titulado Fountain. La obra fue rechazada y ridiculizada. Sin embargo, cambió para siempre una de las preguntas más importantes del arte contemporáneo: ¿qué convierte un objeto en una obra de arte? Aquella pieza, que muchos quisieron ocultar, terminó convirtiéndose en uno de los trabajos más influyentes del siglo XX.
Lo mismo ocurrió con Vincent van Gogh. Vendió muy pocas pinturas durante su vida y fue considerado un artista fracasado. Hoy, sus obras alcanzan valores millonarios y millones de personas hacen fila para contemplar sus pinceladas. La historia fue mucho más justa con él que sus propios contemporáneos.
Algo parecido vivió el violinista italiano Niccolò Paganini. Su virtuosismo era tan extraordinario que muchos aseguraban que había hecho un pacto con el diablo. La superstición fue tan poderosa que, tras su muerte, se le negó durante años un entierro católico. Lo que algunos atribuyeron al demonio era, en realidad, el resultado de un talento excepcional y una disciplina fuera de lo común.
En uno de los performances más célebres del siglo XX, Marina Abramović permitió que el público interactuara con ella utilizando distintos objetos. Lo que inició como una experiencia artística terminó exhibiendo la facilidad con la que una multitud puede cruzar los límites cuando cree que no habrá consecuencias. El arte, una vez más, no creó el problema; simplemente lo hizo visible. En este caso, la responsabilidad no solo recayó en la creadora, también en los espectadores.
La censura nunca ha distinguido entre pinceles, cámaras, partituras ni libros. Varias obras de Michelangelo Merisi da Caravaggio fueron rechazadas por la Iglesia de su tiempo por mostrar a santos y personajes sagrados con un realismo que muchos consideraban irreverente. Siglos después, el fotógrafo estadounidense Andrés Serrano desató una tormenta mundial con Piss Christ, una imagen que abrió un intenso debate sobre la relación entre el arte, la religión y la libertad de expresión, convirtiéndose en blanco de protestas, actos de vandalismo e intentos de censura. Las obras del marqués de Sade permanecieron prohibidas durante décadas por desafiar la moral establecida, mientras que Oscar Wilde fue encarcelado por su homosexualidad, una condena que también marcó el destino de su literatura. Décadas más tarde, Diego Rivera vio cómo su mural El hombre en la encrucijada fue destruido en el Rockefeller Center de Nueva York por incluir la figura de Lenin. Paradójicamente, aquello que se intentó borrar terminó convirtiéndose en un símbolo de la libertad creativa.
La censura siempre cambia de pretexto, pero nunca de miedo. A veces se llama religión; otras, moral; otras más, política, sexualidad o tradición. En el fondo, siempre teme a las ideas capaces de transformar una época.
Cada generación ha desconfiado de quienes se atreven a mirar el mundo desde un ángulo distinto. Cuando una obra rompe las reglas, disgusta porque obliga a pensar. El arte fue creado también para enfrentarnos a aquello que todavía no comprendemos.
Censurar una obra porque desafía nuestras convicciones es olvidar que el arte nunca ha tenido la misión de complacernos. Nadie está obligado a admirar una pintura, una fotografía, una novela o una performance. Tenemos el derecho de criticarla, debatirla e incluso rechazarla. Lo que resulta peligroso es impedir que exista. Cuando una obra desaparece por decisión de otros, también desaparece la posibilidad de que cada persona forme su propio juicio.
La UNESCO reconoce que la libertad artística forma parte de la libertad de expresión y es indispensable para el desarrollo cultural de las sociedades. Sin esa libertad, las ideas dejan de competir y comienzan a obedecer.
Quizá por eso los grandes artistas de la historia tienen algo en común: fueron incomprendidos antes de ser admirados. Si la humanidad hubiera censurado cada propuesta que parecía extraña, jamás habríamos conocido el impresionismo, el cubismo, el surrealismo o el arte conceptual. Tampoco habríamos descubierto que, muchas veces, el escándalo es simplemente el primer nombre de la innovación.
El arte no necesita nuestra aprobación para existir; necesita libertad para expresarse. Porque las obras que hoy nos escandalizan podrían ser, mañana, las que expliquen quiénes fuimos.
La verdadera herejía nunca ha sido crear. La verdadera herejía ha sido intentar callar a quienes se atrevieron a imaginar un mundo distinto. Porque cada obra silenciada no solo le arrebata la voz a un artista: también le roba a la sociedad la posibilidad de hacerse una pregunta más.
La historia demuestra que las ideas verdaderamente peligrosas para el poder casi siempre comenzaron siendo llamadas locura, blasfemia o escándalo