22/09/17 | Puebla, México.

Miércoles, 23 Noviembre 2016 18:47

Beato Miguel Agustín Pro

Escrito por 
Valora este artículo
(1 Voto)
 
 
San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
 
 
Miércoles, 23 de noviembre de 2016

Beato Miguel Agustín Pro

 
 
         Vida de santidad.
Miguel Agustín Pro Juárez, nació el 13 de enero de 1891 en la población minera de Guadalupe, Zacatecas, tercero de once hermanos e hijo de Miguel Pro y Josefa Juárez. El 19 de agosto de 1911, ingresa al Noviciado de la Compañía de Jesús en El Llano, Michoacán, luego de unos Ejercicios hechos con jesuitas y de haber madurado lentamente la decisión[1]. Tenía veinte años. En esta época contrajo una enfermedad mortal, la cual supo siempre ocultar muy bien detrás de su rostro alegre[2]. El buen humor del beato Miguel no fue, sin embargo, un obstáculo para que fuera un novicio y religioso ejemplar en la observación de la Regla y de sus estudios. Luego de concluir sus estudios eclesiásticos, fue ordenado sacerdote el 31 de agosto de 1925.
Para esa época, ya se había desatado la persecución –política e incruenta primero, armada y cruenta después- por parte del gobierno laicista y masónico que, con el presidente Calles como uno de los principales instigadores del odio contra la Iglesia Católica, intentaba desterrar a la Iglesia de México y a Jesucristo de la mente y el corazón de los mexicanos. Utilizando a la policía y a los legisladores, el presidente Calles mandaba arrestar a los católicos practicantes y en especial a sus líderes, sean civiles o eclesiásticos, a los que luego de torturar para que apostataran, mandaba asesinarlos a sangre fría. El Padre Pro había viajado a Europa por sus estudios eclesiásticos, y cuando regresó, se encontró con este panorama de durísima persecución desencadenada por el gobierno masónico y la república contra la Iglesia Católica. Por su parte, el heroico pueblo mexicano resistió ante los ultra-laicistas y liberales masónicos que pretendían despojarlo de lo más valioso que tenían, la fe en Jesucristo y la libre práctica de su culto religioso. Las posiciones se endurecieron en ambos lados, obligando a los católicos mexicanos a vivir, como en los primeros siglos de la Iglesia, como si estuvieran en las catacumbas, puesto que la identificación pública a la Iglesia Católica, sea como seglar o como religioso, equivalía a una segura pena de muerte.
En esta situación realiza su anhelo de viajar a Lourdes, al pie del Pirineo, donde espera una intervención de la Virgen que le devuelva las fuerzas que necesitará en México para ayudar a los católicos entonces vejados por una persecución. La prisión, el fusilamiento y el destierro están a la orden del día. De la visita a la célebre gruta, escribe: "Ha sido uno de los días más felices de mi vida... No me pregunte lo que hice o qué dije. Sólo sé que estaba a los pies de mi Madre y que yo sentí muy dentro de mí su presencia bendita y su acción". Esa experiencia mística es para leerse entera en su vida. Sabemos por ella que la Virgen le prometió salud para trabajar en México. El exorbitante trabajo que tuvo los meses que vivió en la capital desde su llegada en julio de 1926, realizado además mientras huía de casa en casa para despistar a los sabuesos que seguían sus pasos, no hubiera podido ser ejercido por un individuo de mediana salud, y menos por uno tan maltratado como Miguel Agustín, de no haber sido por la intervención de la Madre de Jesucristo[3].
Al regresar a México y encontrarse con esta grave situación de persecución religiosa, el Padre Pro ideó y organizó una serie de artimañas con el fin de eludir el control policial del Estado y así poder administrar los sacramentos a los católicos que se mantenían fieles a la fe de Jesucristo. Organizó lo que llamó “Estaciones de Comunión” a lo largo de toda la ciudad; estas eran casas donde los fieles venían a recibir al Señor en la Eucaristía. Los primeros viernes, el número de comuniones sobrepasaba los 1.200. Se celebraban Misas por toda la ciudad antes del amanecer, se apostaban vigilantes por si llegaba la policía, con claves que cambiaban constantemente, etc. Se juntaban los ricos y los pobres en unos cuartos pequeños para adorar al Señor y recibirlo de manos de los sacerdotes. Los que querían confesarse, tenían que llegar a los lugares señalados, antes de la Misa; algunas veces a las 5:30 a.m. Era realmente una Iglesia de catacumbas, como la de los primeros cristianos. Un verdadero testimonio de la fe.
         Mensaje de santidad.
El movimiento tenía como líder principal al P. Pro y como lema: "Viva Cristo Rey". Así, en medio de escondites, incertidumbres, luchas, miedo, fe, valentía, dolor..., transcurrió cerca de año y medio. El presidente Calles lo mandó arrestar, acusándolo de haber sido responsable de un complot y de atentados y acciones revolucionarias contra el gobierno, siendo todo ello absolutamente falso, pues el verdadero autor, el ingeniero Segura Vilchis, confesó su autoría, aunque esto no bastó para que el Padre Pro, junto a sus hermanos y al ingeniero, fueran asesinados sin un juicio previo.
Estando ya encarcelado, la sentencia de muerte se fijó para el 23 de noviembre de 1927, camino al lugar de fusilamiento uno de los agentes le preguntó si le perdonaba. El Padre le respondió: “No solo te perdono, sino que te estoy sumamente agradecido”.  Le dijeron que expusiera su último deseo.  El Padre Pro dijo: “Yo soy absolutamente ajeno a este asunto... Niego terminantemente haber tenido alguna participación en el complot”. “Quiero que me dejen unos momentos para rezar y encomendarme al Señor”. Se arrodilló y dijo, entre otras cosas: “Señor, Tú sabes que soy inocente. Perdono de corazón a mis enemigos”. Antes de recibir la descarga, el P. Pro oró por sus verdugos: “Dios tenga compasión de ustedes”; y, también los bendijo: “Que Dios los bendiga”. Extendió los brazos en cruz. Tenía el Rosario en una mano y el Crucifijo en la otra. Exclamó: “¡Viva Cristo Rey!”. Esas fueron sus últimas palabras. Inmediatamente después de la descarga del pelotón, recibió el tiro de gracia[4].
El Padre Pro nos enseña, entre otras cosas, el amor al enemigo, incluido aquel que, en su odio, provoca nuestra muerte, y esto en cumplimiento del mandato del Señor Jesús: “Amen a sus enemigos”.
Nos enseña también que la santidad no se alcanza con cosas extraordinarias, sino con el cumplimiento del deber de estado, que en su caso era confesar y administrar los sacramentos, principalmente la Confesión y la Eucaristía.

Por último, nos enseña hasta dónde llega el compromiso de ser cristianos, porque ser cristianos no es solamente llevar un nombre, sino estar dispuestos a dar la vida, derramando la propia sangre, en testimonio de Jesús, el Hombre-Dios. Y si bien no todos estamos llamados a dar la vida cruentamente como el Padre Pro, sí estamos llamados a tener siempre en la vida diaria y en acto, la disposición de morir antes que de cometer un pecado venial deliberado o mortal, pues el pecado implica el renegar de la fe en Jesucristo, mientras que la resistencia al pecado lleva implícita la heroicidad del martirio.

Inicia sesión para enviar comentarios

Videos

Sin secretos

SITIOS WEB
Recomendados