20/11/17 | Puebla, México.

Religión (270)

*Tuvo el don de multilocación

 
San Martín de Porres, conocido como Fray Escoba, nació en Lima el año 1579. Fue hijo del español, D. Juan de Porres, y de la mulata Ana Velázquez. Martín. Fui bautizado en la iglesia de San Sebastián, en la misma pila bautismal en que siete años más tarde lo sería Santa Rosa de Lima.
Desde niño Martín fue generoso con los pobres, a los que daba parte del dinero cuando iba de compras. Su madre lo llevaba con frecuencia al templo.
Martín aprendió el oficio de barbero, que incluía el de cirujano y la medicina general. Cumplía bien su oficio, sobre todo en favor de los pobres, y aprovechaba la ocasión para hablarles de Dios, y era tal su bondad que conmovía a todos. Por el día trabajaba. Por la noche se dedicaba a la oración.
A los quince años entró como terciario dominico en el convento del Rosario de Lima. Allí fue feliz, sirviendo con humildad y caridad a los de dentro y a los de fuera. Convirtió el convento en un hospital. Recogía enfermos y heridos por las calles, los cargaba sobre sus hombros y los acostaba en su propia cama. Los cuidaba y mimaba como una madre. Algunos religiosos protestaron, pues infringía la clausura y la paz. La caridad está por encima de la clausura, contestaba Martín. Sus rudimentarias medicinas, y más aún sus manos, obraban curaciones y milagros. Su caridad se extendía a los pobres animalitos que encontraba hambrientos y heridos.
Había muchos vagabundos por Lima. Buscó dinero y fundó el Asilo de Santa Cruz para niños y niñas. Allí les cuidaba y enseñaba una profesión.
Sus devociones preferidas eran: Cristo Crucificado, y en recuerdo de los sufrimientos de Cristo en la Cruz se daba tres disciplinas diarias. Jesús Sacramentado, y pasaba horas ante el Santísimo con frecuentes éxtasis. La Virgen María -sobre todo bajo la advocación del Rosario- con la que conversaba amorosamente. Y el ángel de la guarda, al que acudía con mucha frecuencia. Luchaba tenazmente contra el sueño en la oración.
 
Cuando la viruela empezó a causar estragos en Lima, la actividad y los cuidados de Martín se multiplicaron. A todas partes llevaba consuelo y remedio. Se cuenta que gozó del privilegio de la multilocación (estar en varios lugares a la vez), pues le veían curando y consolando simultáneamente en varios sitios. Todos acudían a él. Todos le tenían por santo. Era el ángel de Lima.
Aquel esfuerzo sobrehumano llegó a debilitarle peligrosamente. Cayó enfermo. Él sabía que no saldría de aquella enfermedad. Sufrió entonces muchos ataques del demonio, pero sintió el consuelo y compañía de la Virgen.
Cuando vio que se acercaba el momento feliz de ir de gozar de Dios, pidió a los religiosos que le rodeaban que entonasen el Credo. Mientras lo cantaban, entregó su alma a Dios. Era el 3 de noviembre de 1639.
Su muerte causó profunda conmoción en la ciudad. Había sido el hermano y enfermero de todos, singularmente de los más pobres. Todos se disputaban por conseguir alguna reliquia. Toda la ciudad le dio el último adiós.
Su culto se ha extendido prodigiosamente. Gregorio XVI lo declaró Beato el 1837. Fue canonizado por Juan XXIII en 1962. Recordaba el Papa, en la homilía de la canonización, las devociones en que se había distinguido el nuevo Santo: su profunda humildad que le hacía considerar a todos superiores a él, su celo apostólico, y sus continuos desvelos por atender a enfermos y necesitados, lo que le valió, por parte de todo el pueblo, el hermoso apelativo de "Martín de la caridad".

 

1 de Noviembre de 2017


       Así como en Halloween son el Infierno y el Demonio quienes celebran a los servidores de Satanás –brujos, hechiceros, magos- y a los habitantes del Infierno –demonios, almas condenadas-, así en la Solemnidad de Todos los Santos, la Santa Iglesia Católica celebra a los habitantes del Cielo, que en la tierra se santificaron por la gracia de Jesucristo y ahora lo aman y adoran por la eternidad.
         La razón por la cual los santos están en el cielo es, obviamente, la santidad de sus cuerpos y almas, puesto que nadie que no sea santo no puede estar ante la presencia de Dios, que es la Santidad Increada.
         Es la santidad, vivida en la tierra, la que llevó a los santos a dejar de ser lo que eran, hombres comunes y pecadores, para ser santos. Esto nos lleva entonces a preguntarnos qué es la santidad, puesto que la santidad es lo que hace que un hombre sea santo y no un pecador. Ante todo, podemos decir que la santidad no es un “producto” del hombre, como si dependiera de él o como si radicara en él, en su naturaleza humana, esta santidad. Ante todo, la santidad es la bondad, pero no la bondad humana –que por buena que sea una persona, está manchada por el pecado original, además de ser una bondad limitada por la misma naturaleza humana-, sino que es la bondad divina que, brotando del Corazón mismo de Dios Uno y Trino, inhiere en el alma por medio de la gracia santificante. La santidad, esto es, la bondad divina, convierte al alma, porque le quita el pecado, le concede la participación en la vida divina de Dios Trino y, como consecuencia de participar en su vida divina, permite que el alma viva con la bondad que no es humana, sino divina. El santo es el que, en la tierra, vive en estado de gracia santificante, gracia por la cual se hace partícipe de la bondad divina. Esto es lo que explica que los santos hayan obrado obras de misericordia que superan infinitamente las fuerzas humanas, porque no obraban con sus solas fuerzas humanas, sino que lo hacían con la fuerza de la bondad y del Amor divinos, comunicados por la gracia santificante. Sin la gracia santificante, el alma posee solo la bondad humana, bondad que por ser humana es limitada, además de contar con el agravante de estar contaminada con el pecado original.
         La santidad –esto es, la participación a la bondad divina por medio de la gracia, gracia que es conferida por los sacramentos-, es lo que diferencia a un santo –en vida terrena, un pecador que vive en gracia y que por lo mismo está “en el camino de la santidad”- de un hombre común, esto es, una persona “buena”, pero con una bondad puramente humana, limitada y contaminada por el pecado original. En otras palabras, es la santidad, hecha posible por la gracia santificante, la que diferencia a una persona que vive en la bondad divina, de una persona que, aun siendo buena, no posee la bondad divina y que, por lo mismo, puede obrar la misma obra externa de un santo, pero sin la bondad divina, lo cual quiere decir que no es meritorio para la vida eterna.
En otras palabras, un integrante de una ONG solidaria –por ejemplo, que asista a los pobres, proporcionándoles alimento, vestimentas, etc.- puede no diferenciarse casi en nada con un integrante de la Iglesia que, materialmente y considerado desde el punto de vista externo, realizan la misma obra, pero la diferencia es que el integrante de la ONG obra movido por su bondad humana, que no es santa y por eso no es salvífica, en tanto que el miembro de la Iglesia Católica lo hace movido por la bondad divina y, por lo tanto, su obrar es salvífico.
         Ahora bien, para obtener esta santidad –la gracia santificante que convierte al pecador en justo en esta vida y en santo en la vida eterna- es necesario, indispensablemente, recibir la gracia santificante, que a los católicos se nos transmite por los Sacramentos. Pretender, como erróneamente lo hace Karl Rahner, que todo hombre es “cristiano anónimo” por el hecho de la Encarnación y que por lo mismo no necesita de los sacramentos, es falsificar el concepto de santidad y condenar a miles de personas a permanecer sin el auxilio de la gracia, esto es, a negarles la entrada en el cielo en la vida futura, y es condenarlos a ser privados de la inhabitación del Santificador de las almas, el Espíritu Santo. Es doctrina católica que el alma del justo, cuando está en gracia –concedida por los sacramentos-, en virtud de esta gracia, no solo participa de la vida divina y de la bondad divina, sino que el Santificador, que es el Espíritu Santo, viene a inhabitar en sus almas. Así, por la gracia, el alma se convierte en morada de la Trinidad, el corazón en altar de Dios Hijo encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y el cuerpo en templo del Espíritu Santo –de ahí que profanar el cuerpo es profanar al Espíritu Santo, Dueño del cuerpo del cristiano-. La incomprensión de esta verdad, por parte de miles de niños y jóvenes que año a año reciben la Primera Comunión y la Confirmación, y luego abandonan la Iglesia, es la responsable de la apostasía masiva que vive el catolicismo en nuestros días. La crisis de la Iglesia es crisis de santidad, porque no se busca ser santos, porque no se entendió que la santidad viene por la gracia y que la gracia se recibe por los sacramentos. Así, se da la paradoja de niños y jóvenes católicos que, en la práctica, habiendo apostatado de su identidad católica, abandonan los sacramentos y viven, de hecho, como protestantes.

         Todo católico tiene, por objetivo en esta vida, alcanzar la santidad, y esta se logra recibiendo la gracia santificante por los sacramentos, y obrando luego la misericordia con la misma bondad divina. Si el católico pierde de vista este objetivo, pierde de vista la razón por la cual Dios Trino lo eligió para que pertenezca a su Iglesia, por el Bautismo. Y si la Iglesia pierde de vista su objetivo primario, exclusivo y central, que es obtener la santidad de todos los hombres –esto es, que todos los hombres, por el Bautismo sacramental, reciban la gracia santificante que les permite que el Espíritu Santo more en ellos-, razón por la cual misiona hasta los confines del mundo, para convertir a las almas al Evangelio de Jesucristo, pierde la razón por la cual fue cread por Jesucristo, apostata de su misión y se convierte en una inmensa ONG; solidaria, sí, pero ONG al fin, que no busca la santidad y salvación del género humano. Y esto se llama apostasía. No es indiferentes ser o no ser santos, buscar o no la santidad, tanto como miembros individuales de la Iglesia, como Iglesia en cuanto Cuerpo Místico de Cristo: el rechazo de la santidad –favorecido por teólogos de la inmanencia, como Karl Rahner- conduce a la apostasía. Imitemos a los santos católicos de todos los tiempos, los cuales se caracterizaron por algo en común, y era el vivir en gracia; busquemos entonces vivir la santidad, esto es, busquemos vivir en gracia, recibiendo la Confesión y la Comunión con frecuencia, para que el Espíritu Santo inhabite en nosotros y se sirva de nosotros para esparcir, sobre el mundo, la bondad divina.

Padre Alvaro Sánchez Rueda
http://deangelesysantos.blogspot.mx



 

El papa Francisco recordó hoy a las víctimas de los ataques terroristas cometidos esta semana en Egipto y en el Reino Unido y manifestó ante los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro su cercanía a sus familiares.

EFE | El papa Francisco instó hoy a los Gobiernos a fomentar la plena participación, a nivel local y nacional, de las comunidades indígenas

La historia de Dafne Gutiérrez, una hispana que recuperó la vista gracias a un supuesto milagro de San Chárbel ha despertado el interés por las reliquias de este santo libanés que se custodian en Phoenix (Arizona).

2 de Enero de 2017




ROSAS PARA LA GOSPA



“Queridos hijos, mi Hijo ha sido fuente de amor y de luz, cuando en la Tierra habló al pueblo de todos los pueblos. Apóstoles míos, sigan su luz. Esto no es fácil: deben ser pequeños, deben aprender a hacerse más pequeños que los otros, y con la ayuda de la fe, llenarse de Su amor. Ningún hombre en la tierra, sin fe, puede vivir una experiencia milagrosa. Yo estoy con ustedes; me manifiesto a ustedes con estas venidas, con estas palabras; deseo testimoniarles mi amor y mi preocupación maternal. Hijos míos, no pierdan el tiempo haciendo preguntas a las que nunca reciben respuesta: al final de su viaje terreno se las dará el Padre Celestial. Sepan siempre que Dios lo sabe todo, Dios ve y Dios ama. Mi amadísimo Hijo ilumina las vidas y dispersa la oscuridad; y mi amor materno, que me trae a ustedes, es indescriptible, misterioso, pero es real. Yo expreso mis sentimientos hacia ustedes: amor, comprensión y afecto maternal. De ustedes, apóstoles míos, busco las rosas de su oración, que deben ser obras de amor; estas son para mi Corazón maternal las oraciones más queridas, y yo se las presento a mi Hijo, que ha nacido por ustedes. Él los ve y los escucha; nosotros siempre estamos cerca de ustedes. Este es el amor que llama, une, convierte, alienta y llena. Por eso, apóstoles míos, ámense siempre los unos a los otros, pero, sobre todo, amen a mi Hijo: este es el único camino hacia la salvación y hacia la vida eterna. Esta es mi oración más querida que, con el perfume más hermoso de rosas, llena mi Corazón. Oren, oren siempre por sus pastores, para que tengan la fuerza de ser la luz de mi Hijo. ¡Les doy las gracias!”
 

Message January 2, 2017

“Dear children, My Son was the source of love and light when he spoke on earth to the people of all peoples. My apostles, follow His light. This is not easy. You must be little. You must make yourselves smaller than others; with the help of faith to be filled with His love. Not a single person on earth can experience a miraculous experience without faith. I am with you. I am making myself known to you by these comings, by these words; I desire to witness to you my love and motherly care. My children, do not waste time posing questions to which you never receive an answer. At the end of your journey on earth, the Heavenly Father will give them to you. Always know that God knows everything; God sees, God loves. My most beloved Son illuminates lives, dispels darkness; and my motherly love which carries me to you is inexpressible, mysterious but real. I am expressing my feelings to you: love, understanding and motherly benevolence. Of you, my apostles, I am asking for your roses of prayer which need to be acts of love. To my motherly heart these are the dearest prayers. I offer these to my Son who was born for your sake. He looks at you and hears you. We are always close to you. This is the love which calls, unites, converts, encourages and fulfills. Therefore, my apostles, always love one another and above all, love my Son. This is the only way to salvation, to eternal life. This is my dearest prayer which fills my heart with the most beautiful scent of roses. Pray, always pray for your shepherds that they may have the strength to be the light of my Son. Thank you.”

Messaggio del 2 gennaio 2017

“Cari figli, mio Figlio era sorgente di amore e di luce quando, sulla terra, parlava al popolo di tutti i popoli. Apostoli miei, seguite la sua luce. Farlo non è facile: dovete essere piccoli, dovete farvi più piccoli degli altri e, con l’aiuto della fede, riempirvi del suo amore. Senza fede, nessun uomo sulla terra può vivere un’esperienza miracolosa. Io sono con voi, mi manifesto a voi con queste venute, con queste parole. Desidero testimoniarvi il mio amore e la mia cura materna. Figli miei, non perdete tempo facendo domande a cui non ricevete mai risposta: al termine del vostro percorso terreno, il Padre Celeste ve le darà. Sappiate sempre che Dio sa tutto, Dio vede, Dio ama. Il mio amatissimo Figlio illumina le vite e dissipa le tenebre; ed il mio materno amore, che mi porta a voi, è indicibile, misterioso, ma reale. Io esprimo i miei sentimenti verso di voi: amore, comprensione e materno affetto. A voi, apostoli miei, chiedo le vostre rose di preghiera, che devono essere le opere di misericordia: sono quelle le preghiere più care al mio Cuore materno. Le offro a mio Figlio, nato per voi. Egli vi guarda e vi ascolta. Noi vi siamo sempre vicini. Questo è un amore che chiama, unisce, converte, incoraggia e ricolma. Perciò, apostoli miei, amatevi sempre gli uni gli altri, ma soprattutto amate mio Figlio. Quella è l’unica via verso la salvezza, verso la vita eterna. Quella è la preghiera che mi è più cara, e che ricolma il mio Cuore del profumo di rose più soave. Pregate, pregate sempre per i vostri pastori, affinché abbiano la forza di essere la luce di mio Figlio. Vi ringrazio”.
 

Sin secretos

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